domingo, 11 de junio de 2017

SANTÍSIMA  TRINIDAD
 
Comentario P. Carlos Padilla
 
Cada año celebro el misterio de la Trinidad. Me detengo a adorar al Dios Trino. Tres personas. Un solo Dios. Un Dios que se hace historia en la vida del hombre. Que se hace carne. Que se regala en la fuerza del Espíritu. Un Dios Padre misericordioso. Un Dios que es Dios de mi historia personal. Siempre me pregunto este día cómo es mi amor hacia Dios Padre. Cómo amo a Jesús hecho carne y presente en la eucaristía. Cómo pido cada día que venga sobre mí el Espíritu. Un solo Dios. Un Dios que es comunión cuando yo me empeño en dividir tantas veces. Disecciono la realidad para intentar comprenderla. Divido para ser yo más importante que el resto, para quedar por encima. Un Dios que es amor de comunión. Donde los tres tienen el mismo valor. Y su amor los une para siempre. Este misterio me conmueve cada año, cada día. Ante el misterio me asombro sin comprender, como los niños. Quiero ser niño sin querer comprender. Quiero asombrarme y no pretender entenderlo todo. Es más sencillo ser niño. Alegrarme como niño. Sorprenderme como un niño. Así miro hoy a Dios que es Padre. Comenta el Papa Francisco: «Dios es un Padre bueno. Tened el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre.
 Nos coloca en una relación de familiaridad con Él. Como un niño que se dirige a su padre sabiendo que es amado y cuidado por Él.Es la gran revolución que el cristianismo introduce en la religiosidad del hombre». Y rezaba así poco antes de su ordenación sacerdotal: «Quiero creer en Dios Padre, que me ama como un hijo, y en Jesús, el Señor, que me infundió su Espíritu en mi vida para hacerme sonreír y llevarme así al Reino eterno de vida». Hoy miro a Dios como Padre. No como un Dios lejano, todopoderoso e invisible. No como un Dios justiciero que me exige perfección y cumplimiento. No como ese Dios que espera al final de mi vida que rinda los talentos que me ha confiado y esté a la altura esperada. No creo en ese Dios exigente que sólo busca mi perfección, que le presente el cuello blanco de mi camisa sin manchas, sin caídas. Me siento débil y necesitado y sé que no soy perfecto. Sé que no puedo estar a la altura de mis propias exigencias, que ya son muchas. Caigo y me levanto en medio de mis flaquezas, sorprendido por mi debilidad. Por eso hoy miro a Dios como Padre. Ese Dios que es Trinidad es un Dios paternal. Un Dios que me mira como hijo y no se olvida nunca de mí. Un Dios que me abraza y me espera por el camino de mi vida. Me sale a buscar entre lágrimas cuando regreso a casa. Un Dios al que le importa todo lo que me sucede, lo bueno y lo malo, no importa. Este Dios que es Padre no me manda cruces para limar mis asperezas y pulir mis aristas. No creo en ese Dios pedagogo que decide el tamaño de la cruz que puedo cargar y me la envía. Creo más bien en un Dios Padre que me acompaña en medio de mi dolor. No me quita la cruz, me da la fuerza de su Espíritu para que pueda cargar con ella. No juega conmigo en un juego que yo no comprendo. Tampoco pretende que sea como Él no me ha creado. Su promesa es verdadera, tiene sentido todo lo que me promete. Por eso creo en las promesas que me hizo un día, en las que hoy me hace. Me prometió la felicidad, la plenitud de vida, su compañía todos los días de mi vida. Y yo me fié de sus palabras y seguí sus pasos. Y cumple lo que me dijo. Creí en su voz, como las ovejas que conocen la voz de su pastor y lo siguen buscando pastos. Por eso yo creo, sigo creyendo hoy, cada día. ¡Cómo voy a dudar de su amor si me ha tomado en sus manos y no me deja caer! Yo confío. Siempre confío. Es la revolución de Jesús que me ha mostrado el rostro misericordioso del Padre. A veces me cuesta creer en esa misericordia. Me cuesta creer en ese amor que lo perdona todo. Algunos de mis pecados no me parecen dignos de perdón. Yo no me perdono. Pero Él sí me indulta. Me libera. Me absuelve. Me levanta y me devuelve la dignidad perdida. Cuando caigo y me levanto a penas, Él sale corriendo a levantarme entre lágrimas. Las suyas y las mías. Su amor me recoge en medio de mi barro cuando estoy herido. Esa mirada alegre y positiva sobre mi vida me da alas para creer más en mí. Para volver a luchar por dar la vida. Porque me ha amado como soy y confía en mí. En todo lo que puedo hacer si yo por mi parte confío en su poder y no en mis fuerzas.

Ese poder suyo es el del amor misericordioso. Ese amor me salva. Me sostiene. Me da fuerzas para subir más alto. Comenta el P. Kentenich: «Dios es realmente nuestro padre, somos verdaderamente sus hijos. ¿Y Jesús? ¿Qué actitud fundamental es ésta? Hacer su voluntad. Esta es la actitud tierna y filial con relación al Padre. Y las primeras palabras de Jesús que la Sagrada Escritura nos refiere son: - Debo ocuparme con las cosas de mi Padre»[7]. Jesús me enseñó con su vida en la tierra cómo actúa un hijo ante su Padre. Así fue con José su padre terreno. Así fue con Dios Padre en la oración. Hoy hay una crisis de la paternidad. Faltan padres firmes, padres que muestren el camino a sus hijos. Padres presentes que cuiden con amor a sus hijos y los esperen en casa cuando regresen fracasados. Padres que eduquen desde el amor y el respeto. Que presenten con sus vidas altos ideales. Que sueñen con sus hijos. Que esperen lo mejor de ellos y les perdonen siempre. Hacen tanta falta padres humanos que reflejen el amor de Dios. Añade el P. Kentenich: «Los padres deben irradiar ese profundo respeto y amor, despertando en el hijo lo mismo. Entonces podrán hacer con el hijo lo que quieran; entonces habrán conseguido la atmósfera posible para la educación»[8]. Una paternidad que produzca una atmósfera de respeto y amor en el hogar. Es la misma mirada de Dios Padre sobre mí. Me mira con respeto y con amor. Y yo estoy llamado a mirar así a mis hijos. Una paternidad que irradie la paternidad de Dios. A través de un padre humano me es más fácil tocar el amor paternal de Dios. Tal vez por eso es tan difícil para muchos ver a Dios como Padre. Necesito encarnar en manos humanas ese amor que me ama de forma incondicional.Quiero ser un padre en la tierra que emane la autoridad de Dios. Así es más fácil llevar al hijo hasta Dios. Y esa autoridad en mí surge solamente si estoy íntimamente unido a Dios Padre: «La conciencia de autoridad no significa que quiero quebrantar ahora mismo la voluntad del hijo o de la hija. ¡No! La conciencia de autoridad es algo muy diferente. Se debe enseñar al hijo a seguir, en mí, al querido Dios. ¿Qué lleva esto consigo? Que yo, por mi parte, como padre o como madre, tenga una relación interior con Dios, con el Padre Dios»[9]. Si tengo una relación sana y honda con Diospodré irradiar su amor a través de mis obras. Miro hoy a ese Dios misericordioso en mi vida. Doy gracias por su amor. Veo que camina conmigo y no me suelta de la mano. Quiero cuidar ese amor para poder entregarlo. Jesús me enseña a vivir así. Me enseña a ser dócil a la voluntad del Padre. Para así reflejar su amor en mi carne frágil. Miro a Moisés hoy que sube al encuentro de Dios en el monte: «En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.El Señor pasó ante él, proclamando:-Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo:-Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya». Moisés cree en ese amor imposible de Dios que camina con él, con su pueblo y es misericordioso. Un Dios que perdona siempre los pecados. Un Dios compasivo y lento a la cólera. Moisés se fía de la misericordia de Dios y cree en el perdón de todas sus faltas. Así quiero amar yo a Dios y notar su cercanía en mi vida. Me inclino, me echo por tierra ante el Dios de mi historia. Ese Dios personal que me ama con locura. Quiero experimentar ese amor total de Dios cada día en mi vida. Me gusta creer en ese amor del que hoy me habla Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». Dios me envía a su Hijo para que yo conozca su amor y para que tenga vida eterna. Si me encuentro a Jesús en mi vida aprenderé a mirar a Dios como el Dios de la misericordia. Quiero tener ese coraje de llamar padre a Dios. Porque me ama. Porque me espera. Porque me acoge. Un padre que no se olvida nunca de sus hijos. Cualquier hombre podrá olvidarse de su hijo. Pero Dios no es así. Quiero sentir ese cuidado cercano y siempre presente.

Es el hombre trinitario un hombre de Dios. Vive anclado en lo alto. Sin dejar nunca sus raíces en la tierra. Un hombre que vive en el Espíritu de Dios. Tengo que ser un hombre pobre para vivir vacío y abierto a Dios. Vacío de tantas cosas que me esclavizan y lleno de Dios.Así fue María, la esclava de Dios. Se vació, se hizo esclava, sierva y se llenó de Dios. Me gusta la vocación de ser un hombre pobre. De caminar sin seguros. Siempre abierto al Dios Trino. María me muestra el camino. Ellaes la mujer trinitaria. Se hizo pobre, se hizo sierva de Dios. Y Dios hizo morada en Ella. Así quiero vivir yo, con hondas raíces como Ella. Anhelo ser un hombre vinculado. Al mundo de Dios. Al mundo de los hombres. A la tierra que piso. A los sueños que habitan en mi alma. El hombre de Dios es un hombre traspasado por su presencia. Un hombre lleno de luz y de vida. Como María. Conozco a muchas personas que cumplen los mandatos de Dios. No se saltan las normas. Respetan los mandamientos. Intentan ser buenas y cuidar a los que Dios les ha confiado. Pero veo que no siempre están traspasadas por Dios. No llevan a Dios dentro. No están llenas de Dios. Y ante las primeras dificultades del camino dudan, se alejan, cambian sus principios, sus creencias. No es lo mismo cumplir las normas que ser verdaderamente religioso. Es más hondo ser religioso. Tiene que ver con mis actitudes fundamentales, con mis pensamientos, con mi mirada, con mi forma de amar. Cumplir ciertos preceptos está todavía en mi mano. Lo puedo hacer. Puedo estar a la altura. Un tiempo. Mi voluntad se ejercita y lo logro. Ser religioso es una gracia que pido de rodillas. No depende de mí. Se me escapa de las manos. Es una gracia llegar a ser hombre trinitario. Es un don que pido cada día. Quiero ser un hombre traspasado por el amor de Jesús. Arraigado en el corazón de Dios Padre. Movido por la fuerza del Espíritu. Comenta el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «Siempre hemos hablado de la inhabitación divina en el corazón de la persona que vive en gracia. Hoy podemos decir también que la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial. Así como habita en las alabanzas de su pueblo (cf. Sal 22,4), vive íntimamente en el amor conyugal que le da gloria.La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos. En esa variedad de dones y de encuentros que maduran la comunión, Dios tiene su morada. Esa entrega asocia a la vez lo humano y lo divino». Dios Trino hace morada en mi interior y en el amor de la familia. Dios Trino es familia. Dios Trino viene a habitar en mi alma. Dios Trino viene a mí. Su amor, el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se hace presente en mí. Por eso es tan visible en el amor entre los cónyuges. Tan visible en el amor entre estos y sus hijos. Un amor familiar que es trinitario. Una presencia de Dios que se hace viva y se alimenta en el amor humano que se da en cada familia. Me gusta la imagen de la inhabitación. Dios hace su morada en mi alma, acampa en mí. S. Agustín rezaba:«Señor entra en mi alma y ajústala a Ti. Para poder hablar contigo con palabras del alma y clamor de la mente. No con palabras y voces de carne. Yo por fuera te buscaba y Tú estabas dentro de mí».El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen a hacer morada en mi interior. Hoy escucho: «Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.Saludaos mutuamente con el beso ritual.Os saludan todos los santos.La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros». Estas palabras expresan una realidad que es obra de Dios que habita en mí. Abro mi corazón para que puedan entrar. Dejo que habiten en mí para hacer que mis sentimientos sean los de Dios. Para hacerme hombre religioso, religado, unido con Dios. Quiero que en mi alma pueda entrar Dios. Quiero eliminar las cadenas que no me dejan ser habitado por Él. Quiero que su misericordia esté en mi corazón. Quiero que mis manos sean sus manos. Que Dios habite en mí siempre. Quiero que se trasparente en mí su amor. Quiero llenarme de su luz. Que pueda brillar en mí su gracia, su amor. Inhabitar tiene que ver con una presencia permanente en mí. Cuando me quedo sin Dios en el corazón. Cuando me alejo. Cuando no dejo que toque mi vida. Cuando me cierro en mis egoísmos. Cuando su amor no vence en mi desidia, en mi ira, en mi odio. Entonces quiero que esa inhabitación me haga de nuevo hijo suyo, hijo dócil. Todo es posible si me abro a la gracia, al Espíritu. Si dejo que su amor penetre en mí.

 Fuente: Schoenstattvivo

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